"Biografía" de Carlos Rios

"Textos 1" te acerca una buena historia para comenzar la semana


Tremendo, el tipo.
Hablaba solo, Nuestro Escritor, como los que nacen y viven toda la vida en el campo (donde el paisano, en soledad, habla con el mate o con la pava, siempre de a uno por vez; sustitúyase paisano por escritor y pava o mate por libro).

Todo lo que dijo está en sus libros y se lo dijo para él, cada palabra, cada signo de puntuación (¿? ¡!), cada vuelta de página no es más que un vientecito diseñado estrictamente para que abanicara su rostro; es así, basta ir a cualquiera de sus publicaciones para comprobarlo. De nada sirve hojear y mucho menos ojear; para el caso es lo mismo. Lo que está ahí, en ese artefacto hecho para la lectura, es una purísima exclusión (la de todos nosotros). Fuera de ellos, de sus libros publicados a la manera secreta de los espías, no hay nada; mejor dicho, hay un mutismo que de tan impersonal asfixia. En esa oscuridad tropiezan los sentidos, ¿para qué entrar en un barro del que hay que rajarse cuanto antes? En fin, resultará inútil la apertura de cierto congresito o seminario ti-ri-tí a orillas de un chapoteadero, a medias peninsular, a medias portezuelo de contrabando (ya funciona la ristra de mensajes y los papers, calentándose ante la convocatoria y propagándose como un refrito cuya mayor habilidad es moverse rápido ante la escasez de aceite).

A los veinte, dicen, Nuestro Escritor tiró al perro desde un quinto piso, donde vivía con su prima esposa (atenti, no es errata). Se dice que quería fiesta y al ponerse denso y por ende espesa la situación, el perro se puso del lado de la señora, hecho que propició el desborde y la posterior detención (del perro hay una foto, en el reverso puede leerse “Terry”, aunque no es posible detectar si es su letra o la de otra persona, menos que menos si fue él quien sacó la foto del animal sentado en un sofá, frente a la televisión). También se dijo que la mujer era una escritora de origen lituano, medalla de plata en gimnasia acuática allá por los años ochenta, cuando todo era otra cosa.

A los cuarenta y dos defecó en la puerta de la SADE, hecho que tuvo resonancia en el gremio porque el revisor de cuentas suplente, hombre conocido por su extrema puntualidad en las reuniones del organismo que empezó a sesionar en mil novecientos veintiocho, pisó con pie derecho el ensortijado soretón de Nuestro Escritor. La historia se supo porque había un letrero

con su firma, misma que remataba las siguientes palabras: “¡Esto es lo que son!”. No hubo dudas al respecto: estaba dolido porque el premio municipal lo había ganado Martha Edith Candioti con su libro Pesares y demonios. La acción fue aplaudida por los más jóvenes (entre los que me encontraba por esa época; quería ser poeta y deambulaba por los bares en busca de inspiración, lo único que pesqué fue blenorragia y un principio de cirrosis) y se escribieron en su defensa más de diez artículos en medios de la capital y del interior. Se supo, también, que Candioti sondeó la posibilidad de que tres o cuatro diputados forzaran una deportación de Nuestro Escritor, cosa que nunca sucedió porque los legisladores consideraron que las diferencias entre ellos rozaban el disparate y manchaban con su mierda a quienes se acercasen con ánimo de intervenir o porque sí, de curiosos nomás. Esto, como sucede con los temas culturales en nuestro país, cayó en el olvido. Y hasta dicen que nada de esto existió, que fueron rumores, fuegos irracionales que se apagaron en el mismo acto de prenderse.

(Toda esta mierdolaga es bien conocida dentro del campo literario y fuera de él; no tiene el menor sentido que se apunte acá, hasta me da paja escribir cada detalle, pero bueno, por algo hay que empezar).

El asunto ese —si escribió o no solo y resolo, para él solito, como loco malo— es central y divide al puñado de estudiantes y profesionales que quieren ocuparse de su obra, a la par que amplifica el interés en otras disciplinas —la antropología, la historia del arte y la sociología se lo disputan en un ring de bordes difusos— su figura es descubierta más allá de los países limítrofes. Especialmente en la República Federal de Alemania, donde son muy afectos a configurar archivos de cualquier artista (si son escritores mejor, todo resulta más fácil), no importa que la equis figurita haya pasado sin pena y sin gloria por los avatares culturales de cierto territorio con visos de nación, emplazado en la ingente y parcial Sudamérica: se ubica a la familia, se compra todo, en cualquier reducto universitario con sede en Alemania se guarda primero, luego hay que salir a buscar profesionales interesados que puedan decir algo más o menos decisivo sobre la obra capturada en los países de abajo. Forros del orto, todo se lo llevan.

Si escribió todo para él (es el asunto). Hay una primera posición al respecto, la más radical, y sostiene que todo escritor siempre escribe para sí mismo. No hay otra posibilidad. Punto. Y después está la otra: la escritura de uno, sin la lectura del otro, no existe. Es menos que nada. En este punto, debo decirlo, la cosa no me va ni me viene. Que cada uno haga lo que se le venga en gana. Que escriba, que lea. Que se pase los libros por el arco del triunfo. Si algo vale en este asunto, me parece, es la migración de datos de una base a la otra. Las posibles rupturas. La desconexión de una obra con el mundo y con su autor.

Apunto estas palabras mientras los vecinos de departamento discuten acaloradamente. Por suerte, pienso (¿por suerte?) no hay quinto piso ni perro. Voces entreverándose como nudos marineros hacen vibrar las paredes. Hay, por supuesto, una escala de reproches que finaliza en dos palabras: “vos”, “vos”, dichos con distintas entonaciones, en una voz de hombre y en otra de mujer, a veces las escucho transformarse o hacerse una voz que rompe el aire con su sola matriz, el odio y el rencor, escribamos que hay fricciones donde el amor hace lo suyo también, voces que se hacen una hasta ya no darme cuenta quién dice “vos” y quién “vos”; gritos, reproches de dos que piensan la relación para sí mismo, algunos dicen que es la única manera de que algo sobreviva. “Vos pensás solamente en vos”, dice ella, él le responde con las mismas palabras, ligeramente mezcladas: “Solamente vos pensás en vos”. Hay un pase de vajilla. Un vaso ¿un jarrón? cae al piso. El vecino dice: “Soy un boludo”. Ella se erige, una vez más, sobradora y dueña absoluta de la razón cuando le suelta un “¿Viste? ¡Te lo dije!”. Después nada, ponen una película donde se suman otros que gritan. Decenas, cientos de personas reventándose al gritar. ¿Es una guerra? ¿Será deporte? ¿Una tragedia nacional? ¿La catástrofe tan anunciada? El sonido de esos gritos me perturba, por encima de todo consiguen angustiarme cuando me llevan a la discusión que tuvieron, allá lejos y

hace tiempo, Nuestro Escritor y su prima lituana. Recuérdese aquel asunto del perro. El quinto piso. La pelea.

En su declaración judicial ella habrá dicho, todavía presa de la conmoción: “Aš turiu šunį” (Yo tengo un perro). Y al preguntársele sobre la relación que mantenía con su primo, entre lágrimas habrá pronunciado, no sin cierto espiralamiento idiomático, estas palabras que parecen provenir de una alegoría: “Niekas su manimi nedraugauja, manyje yra 60 procentų vandens” (Nadie sale conmigo, hay 60 por ciento de agua en mí).

Acá el hilo se pierde y la antena que hay en mi cabeza ya no capta las señales. Es un buen momento para retirarse y pensar, con un gran vaso de vino en la mano, sobre la eximición de las biografías.

* *

Ya es otro día (agosto, 23, 2016).

Nubes, tedio, un sol mezquino alumbra la casa al otro lado de la calle; la sombra de unas ramas sobre la pared proyecta un grupo de galgos en la nieve; el timbrazo del camión del agua; quejas del vecino porque el gas no le llega y ya lo quiere pagar; ¿soy un mal escritor cuando escribo que la incertidumbre se anuncia bajo la forma de una factura que no llega a destino? Leo en un libro de Mircea Cărtărescu (¿lo habrá leído aquella prima lituana?): “He querido contarlo todo sobre mí, absolutamente todo. Pero la ilusión ha sido más amarga si cabe, dado que la literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo”. Es el epígrafe que esta historia necesita. El día está lindo y hay que lavar ropa, dejamos acá.

* *

MORALEJA

Asumido, el impulso biográfico
es un desperfecto

 

Sobre el autor
Carlos Ríos. Nació en Santa Teresita, República Argentina, en 1967. Es autor de los libros de poemas Media romana (2001), La salud de W.R. (2005), La recepción de una forma (México, 2006), Nosotros no (2011), Perder la cabeza (2013), Unidad de traslado (2014), Deserción en Ch’ongjin (2014), Excursión a Farandulí (2015), Un poema llamado novela (2016) y Cucarachas (2017); de las plaquetas Códice Matta (México, 2008) La dicha refinada (2009) y Háblenme de Rusia (2010); de las novelas Manigua (2009 / España y Brasil, 2016), Cuaderno de Pripyat (2012 / Francia, 2016), Cielo ácido (2014 / Chile, 2016), En saco roto (2014), Lisiana (2014) y Cuaderno de campo (2014); Obstinada pasión (Chile, 2015), Rebelión en la ópera (2015) y Un día en el extranjero (2015); y de los relatos A la sombra de Chaki Chan (Uruguay, 2011), El artista sanitario (2012 / España y Brasil, 2016), Casapuente (2014), Dos padres (2015), Las gallinas de Kauai (2016), Un relato infantil (2016) y La destrucción empieza por casa (2017). Actualmente integra el consejo editor de BazarAmericano.com, dirige el proyecto editorial de la Oficina Perambulante y coordina talleres de escritura en cárceles de la provincia de Buenos Aires.

El texto Biografía fue publicado en 2017 por la Oficina Perambulante.

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