"Canibalismo fetiche" París - Junio de 1981

Marzo llega con una nueva historia del libro "Qué pretende usted de mí (Historias de canibalismo)"


Too much blood
Soy en mi estilo horrible. Tengo manos y pies pequeños, una voz filosa como la de un eunuco y una cabeza desproporcionada por la cual circula un único pensamiento. Mido un metro cuarenta y cojeo al caminar. Ella en cambio es alta. Holandesa, rubia. Por sobre todo rubia.

Aunque se pasó la vida conviviendo con un único pensamiento, Issei Sagawa nunca  pudo controlarlo muy bien. A lo largo de casi setenta años, su existencia ha girado alrededor de esa idea tan poderosa como inexplicable para sí mismo, esa urgencia a la que sólo se entregó plenamente una vez. Fue a mediados de junio de 1981 siendo un estudiante de Literatura en la Universidad de París y desde entonces ha vivido condenado a la más absoluta soledad: la soledad de los crímenes imperdonables, la de las estrellas de rock.

“El Caníbal japonés”, como lo bautizó la prensa internacional por aquellos años, nació en Kobe el 26 de abril de 1949. El primero de los dos hijos de un industrial rico y prestigioso, Issei llegó al mundo de manera prematura, tan débil que los médicos dudaban que fuera a sobrevivir. Y aunque Japón se encontraba por entonces sumergido en la hambruna y la desolación de la posguerra, la suya fue una infancia feliz.

Como él mismo contó alguna vez, ya en su niñez estaba fascinado con los muslos de sus compañeros de escuela; pero no fue hasta la adolescencia que experimentó por primera vez el deseo de comerse a una mujer. Su enorme timidez —que hacía que sintiera ganas de vomitar cada vez que intentaba hablar con alguna— no le impidió dar rienda suelta a aquella fantasía cierta vez al cruzarse en las calles de Tokyo con una rubia que lo subyugó. Tras acecharla varios días logró meterse en su departamento mientras ella dormía: tenía planeado noquearla con un paraguas, agarrar un cuchillo de su cocina y cortarle un pedazo de culo para comérselo. Pero la mujer despertó y se puso a gritar. La policía atrapó al joven Issei que fue acusado por intento de abuso. Nadie sospechó sin embargo que no era esa la razón que lo había llevado ahí.

Cuando terminó sus estudios universitarios en Tokyo, estaba completamente obsesionado con las mujeres occidentales. Su deseo de comerse a una se había transformado ya en una obligación; y  allí donde se dirigía había miles de ellas para elegir. Su padre se había mostrado encantado de ayudarlo para que continuara con sus estudios de literatura en La Sorbona. Su madre, en cambio, se había mostrado recelosa con la idea. Al acompañarlo al aeropuerto el día que cumplía 28 años, se despidió de él con una mirada triste y resignada como si supiera que algo horrible pasaría y que nadie podría evitarlo.

No fue hasta casi el final de su tercer año en París que Issei descubrió a Renée en la universidad. Nunca había visto a una mujer como ella. Era todo lo opuesto a él: alta, rubia, hermosa, desenvuelta, sociable. Para evitar ser descubierto espiándola, aquel día retuvo sus rasgos y la dibujó. Y tan pronto pudo, buscó un lugar a su lado, incapaz ya de seguir el curso en el que habían coincidido: no dejaba de pensar ni un momento en la blancura de su brazo, en su desesperante lividez.

Renée Hartevelt tenía 25 años y un futuro prominente. Hablaba cuatro idiomas, se relacionaba con personas de diversas culturas y aspiraba a doctorarse en Literatura Francesa en la Universidad de París. Issei se acercó a ella con la excusa de que le enseñara alemán: podía pagarle bien las clases con el dinero que le giraba su padre y ella, que llevaba la vida austera de una estudiante, no dudó en aceptar la propuesta.

Acaso porque le divertía ser la única persona del curso a la que aquel extraño personaje le dirigía la palabra o bien porque le parecía un galán inofensivo, Renée comenzó a tratarse con él. Lo cierto es que a fuerza de hablar de libros y pintura, temas que le permitían desplegar su extraordinaria sensibilidad artística, Issei logró ganarse la confianza de la chica al punto de que cierto día, tras uno de sus interminables paseos por la ciudad, se animó a invitarla a su departamento en el número 10 de la Rue Erlanger. Allí le pidió que le leyera un poema en alemán que escuchó extasiado. Apenas se marchó se dedicó a oler y lamer cada sitio donde ella había estado sentada.

No necesito tomar prestado ningún motivo. Poco importa. Simplemente, el germen creció tanto que un día todo pareció diminuto. Renée colaboró a transplantarlo. Vuelvo a invitarla. Se ha mostrado complacida con la idea de grabar la lectura de aquel poema que tanto disfruto. Le he dicho que mi intención es hacer oír luego la cinta a un profesor. Cenaremos sukiyaky; trozar, secar y servir. Todo muy sencillo. Prestando atención en no mezclar jamás los olores, dejó registrado Issei en su diario personal.

En ese mismo diario, que llevó en sus años de estudiante en París y que tiempo después publicaría como libro, Issei describe con abrumadora precisión lo que hizo con Renée.

La tarde que volvieron a su departamento, ella ensayaba en voz alta el poema de Georg Trakl que habían quedado en grabar. A la señal acordada, Renée, que estaba sentada en un escritorio, comenzó a leer con su mejor voz las primeras estrofas de “Die tote Kirche”. Issei la escuchaba en silencio a sus espaldas con la fascinación de un enamorado y un pequeño rifle calibre 22. Dejó que llegara hasta el último verso antes de disparar.

La muchacha se desplomó en el suelo como si sólo se hubiera desmayado. El disparo en la nuca había abierto un pequeño orificio en su frente del que comenzó a manar sangre. Issei se agachó junto a ella para limpiarla mientras le hablaba, pero el silencio de la muerte se había instalado ya  entre los dos.

Pese a haber anhelado aquel momento por casi treinta años, Issei nunca previó las dificultades de desnudar un cuerpo inerte de un tamaño mayor al suyo. Y al descubrirla tan blanca, suave y luminosa, no supo tampoco por dónde empezar. Tras intentar en vano arrancar con los dientes un pedazo de nalga fue en busca de un cuchillo que le reveló sutiles y grotescos secretos de la anatomía bajo la piel. Abriéndose paso por una gruesa capa de grasa amarilla tras otra rebanó finalmente un trozo de carne que llevó a su boca y dejó que se derritiera como un bocado de pescado crudo.

Luego se desnudó, se tendió sobre el cuerpo de la muchacha todavía tibio y la penetró. Al hacerlo se produjo un estertor que Issei interpretó como un recatado suspiro. “Te amo”, le dijo y se permitió morder esos labios que tanto había ansiado para luego masticar su duro cartílago. Una vez saciado sus impulsos más urgentes, arrastró el cadáver de Renée hasta el baño, donde se dedicó a explorar el interior de su vientre con un cuchillo eléctrico.

Despostó el cuerpo como le había explicado años antes un carnicero alemán al que había conocido en un crucero, puso a cocinar un pedazo de carne en una cacerola y preparó la mesa utilizando la ropa interior de Renée como servilletas y mantel. Y mientras se la comía, se deleitó escuchándola recitar en la cinta grabada aquel poema de Trakl. Exhausto por el festín, llevó finalmente a su cama lo que quedaba del cadáver de la muchacha y esa noche durmió abrazado a ella.

El zumbido de una mosca gorda que se posaba sobre lo que había sido el rostro de Renée lo despertó a la mañana siguiente. Se hizo claro para Issei que no podría conservarla por mucho tiempo más; pero como su cuerpo no había comenzado todavía a oler mal decidió continuar comiendo otras partes. Probó sus brazos, su ano, su lengua, sus ojos. Con la ayuda de una sierra le desprendió la cabeza, las piernas y los brazos. Y al hacerlo se excitó tanto que terminó usando una de las manos cercenadas para masturbarse.

Cuando al llegar la madrugada del tercer día comprendió que todo había acabado, puso los restos de Renée en dos grandes valijas de viaje y llamó a un taxi para que lo llevara hasta el Bosque de Boulogne.

Estaba por comenzar el verano y a las 8 de la mañana ya había  gente paseando y tomando sol. Issei se internó por uno de los senderos sin dejar de sentirse observado por todo el mundo, algo que en este caso parece lejos de una mera paranoia criminal: por más indiferentes y cosmopolitas que pretendan ser los parisinos, el espectáculo de un pequeño japonés luchando con dos pesadas valijas a mitad del bosque bien valía la pena voltearse a mirar.

Para rehuir las miradas, Iseei se encaminó hacia un sector más tranquilo del lago donde pensaba deshacerse de los restos de Renée, pero un fulgor rojizo que bañaba delicadamente los árboles junto a la orilla captó su sensibilidad. Se había detenido a observar la escena cuando la voz de un extraño lo sobresaltó.

—¿Son suyas las valijas? —le preguntó un hombre de aspecto mugriento mientras comenzaba a abrir una de ellas.

Issei le respondió nerviosamente que no y comenzó a alejarse. No había llegado muy lejos cuando lo oyó gritar “¡asesino, asesino..!” Dos días más tarde era detenido en su departamento, donde la policía halló en el feezer una abundante provisión de Renée.

Como habría de reconocer años más tarde, aquel día sintió un profundo alivio: finalmente podría empezar a comunicarse con la gente y decir quién era él en verdad.

Fue interrogado por tres peritos psiquiatras que coincidieron en que su insania lo volvía inimputable desde el punto de vista legal, por lo que fue enviado en forma indefinida al hospital psiquiátrico Paul Giraud. Allí estuvo recluido dos años hasta que enfermó y los médicos le diagnosticaron una encefalitis avanzada con mal pronóstico. Convencidas de que no sobreviviría, las autoridades judiciales francesas cedieron a una solicitud de Akira Sagawa, presidente de Kurita Water Industries y padre de Iseei, quien usó todas sus influencias para lograr que lo extraditaran a Japón.

Issei fue trasladado al hospital Matsuzawa de Tokyo, donde resultó que su encefalitis no había sido más que una infección intestinal. Quince meses más tarde, luego de que los médicos japoneses consideraran que lo suyo era apenas un desorden de personalidad tratable, y sin ninguna deuda con la justicia de su país, fue dejado en libertad.

Tras sólo cuatro años de reclusión psiquiátrica y en medio del horror que produjo la noticia de su liberación, Issei Sagawa se encontró en la insólita situación de haber cometido un crimen atroz y poder compartirlo con el mundo sin consecuencias para él. A falta de trabajo y dinero propio no dudó un segundo en aprovechar esa oportunidad que le brindaba el caprichoso destino.

Aunque ya para entonces el dramaturgo Jûrô Kara había publicado La carta de Sagawa, novela con la que obtuvo el Premio Akutagawa, y los Rolling Stones le habían dedicado la canción Too much blood, ahora le llegaba el momento de mostrarse a sí mismo.

Un día recibió el llamado de un periodista que quería conocer su opinión sobre el reciente arresto de un asesino serial. Se preguntó qué tendría que ver aquello con él, pero dejó que hablara: le ofrecían 20 mil dólares sólo por escribir un artículo.

Aquella publicación fue la fisura que terminó desmoronando el dique. De pronto todo el mundo quería algo de él. Lo invitaban a programas de televisión, daba entrevistas exclusivas para revistas culinarias, colaboraba con un diario, le proponían que escribiera un cómic, participaba de talk shows. Mientras tanto se había puesto a trabajar en su propio libro —In the fog, el primero de los veinte que lanzaría en los años siguientes alrededor del crimen— que se convirtió en bestseller mundial apenas al salir. De la noche a la mañana “el Caníbal japonés” se había transformado en una suerte de héroe nacional.

Las voces de repudio y las intimaciones judiciales que desataban en Europa sus apariciones televisivas no eclipsaron su creciente popularidad. Con el informe de su evaluación psiquiátrica y las crudas fotos policiales del cuerpo mutilado de Renée, Iseei publicó un nuevo libro no menos exitoso. “Todo el mundo me pedía que se lo firmara. Los japoneses de hoy día son realmente estúpidos: tienen la misma mentalidad que yo, un terrible criminal”, admitió en cierta ocasión.

Asqueado por la reacción del público, se dedicó a pintar. Aceptó una invitación del artista Kazumasa Nakagawa a su estudio y al poco tiempo estaba exponiendo retratos femeninos en galerías japonesas y hasta europeas, en las que llegó a vender algunos de ellos a precios que ni él mismo creía posibles. Pero su apetito por las mujeres occidentales no estaba saciado y le costaba mucho más dinero del que llegaba a ganar.

A principios de los noventa, un alemán viejo le ofreció presentarle chicas occidentales. Fue así que conoció a Rhonda y Thalía, dos rubias alocadas que le sacaban una cabeza de alto y que durante los años siguientes lo convirtieron en su mecenas personal. Aunque no se acostaba con ellas y tenía sospechas de que eran lesbianas, Issei disfrutaba de su compañía viajando por el mundo como un matrimonio de tres. Las llevó a Islandia, Canadá, India, México… Pagaba todos los gastos; a cambio ellas dejaban que les tomara fotos eróticas, se paseaban con ropa sexi de su brazo y le hicieron probar hachís. Su luna de miel terminó cierto día en que el novio de una de ellas les contó quién era su pequeño amigo japonés.

Incapaz de sostener con sus medios ese estilo de vida, comenzó a robar dinero de la billetera de su padre y hasta vendió el violonchelo de su hermano entre otros objetos familiares. Cuando el productor de cine porno Terry Ito le propuso protagonizar una de sus películas estaba tan acosado por las deudas que firmó contrato sin siquiera leer el guión y tuvo que someterse en cámara a una serie de pruebas físicas que habían sido incluidas para burlarse de su insignificancia e ineptitud.

Con el transcurso de los años, las invitaciones a los programas de televisión y las entrevistas se volvieron más infrecuentes. Recluido en su departamento de Tokyo, del que teme que lo desalojen de un momento a otro por no pagar el alquiler, nadie lo llama, le escribe o lo visita ya. Cerca de los 70 años pasa sus días en la más absoluta soledad, acompañado todavía por esa idea única que sólo logra controlar masturbándose. Con todo, más que el impulso de comerse a alguien, últimamente le urge que lo maten. “Quiero morir sufriendo —dijo en una de sus últimas apariciones—. De ser posible, a manos de una bella mujer”.

 

 

 

Más notas...

Presentaciones y Espectáculos

Festival de Danza

Motivados por la causa solidaria, destacados coreógrafos y bailarines de nuestra ciudad se unen para llevar adelante el Festival de Danza “Todos por la Fundación Creando Lazos”, el sábado 14 de diciembre,  desde las 18 horas, en el Centro Cultural Islas Malvinas (19 y 51).

La entrada al festival es libre y gratuita y se recibirán donaciones para armar los kits de higiene que serán destinados a las familias de los chicos y chicas que atraviesan la enfermedad.

“Brotes III, intervenciones contemporáneas” en el Complejo Bibliotecario Francisco López Merino

El sábado 13 de diciembre, a las 19 horas, se inaugurará la muestra multidisciplinaria “Brotes III”, en el Complejo Bibliotecario Municipal Francisco López Merino, calle 49 Nº 835 entre 12 y diag.74, con entrada gratuita.

La exposición, que estará en exhibición hasta el 1 de marzo de 2020, cuenta con obras de 150 artistas contemporáneos de diversos campos. Habrá música en vivo, acciones performáticas, audiovisuales, proyecciones, realidad aumentada, murales, objetos mecanizados y obras plásticas.

La sala del Select es la elegida para estrenar “El Irlandés” de Martin Scorsese

“The irishman”, en idioma original, el último film del laureado director Martin Scorsese, escrito por Steven Zaillian, basado en el libro biográfico de Charles Brandt y con las actuaciones de los consagrados Robert De Niro, Al Pacino y Joe Pesci, en los roles protagónicos, sólo podrá verse en nuestra ciudad en el Cine Municipal Select.  Funciones: 29 de Noviembre, 30 de Noviembre, 1 de Diciembre, 2 de Diciembre, 3 de Diciembre, 4 de Diciembre, 5 de Diciembre, 6 de Diciembre, 7 de Diciembre, 9 de Diciembre, 10 de Diciembre, 11 de Diciembre.

Hasta el 4 de diciembre: Dos funciones 17 y 21hs.
Del jueves 5 al jueves 12 de diciembre: 17hs.

Entrada $150