Jitler, con prólogo de Luis Chitarroni


Jitazo es el prólogo de Luis Chitarroni a Jitler, la novela póstuma de Gabriel Báñez recientemente publicada por La Comuna Ediciones.

Fue la estación que precedió el invierno del infortunio (casi no quedó lugar para el otoño), pero charlamos como los anteriores o más, Gabriel y yo el verano de 2009. Antes, no sé cuánto antes, él había recibido el premio por La cisura de Rolando. La justicia parecía imponerse de a poco, en este mundo “de escarabajos y de trenes” (como observa una fórmula budista), pero nada encajaba bien. Sé que, como siempre, el enojo va a acomodarse a este prólogo, y habrá que tratar con él, como con un invitado inoportuno, hasta llegar al final.

Hablamos de muchas cosas, como siempre, en el jardín de Gabriel de la casa de Gorina. En ese jardín Gabriel había subido y llevado a pasear en su moto a mi hijo Pedro, mientras Tango, el ovejero alemán con mejor voz de la zona, y el más quilombero desde la extinción de Rin tin tin, hacía alrededor un estrépito digno del regimiento que acompañaba al cabo Rusty. De lo decantado que era el estilo del libro anterior y de la rugosidad de La cisura. De la obstinación de escribir, de tratar de escribir siempre algo distinto. De Estudiantes de La Plata, la Cofradía de la Flor Solar, Sergio Pángaro, Loli Becerra…

Aparatos indiferenciados de la antropología y la literatura. Cultura o Kultura, Kulchur, quiso Pound. Males de funcionarios y políticos. Mal de casi todo lo que teníamos entre dientes antes de comer al sol pepitas de sol y nachos. De los policiales que leía de chico Facundo, los de la colección Sol Negro, que Ricardo Piglia dirigía para Sudamericana. ¿Es necesario un aperitivo de Hammett y Chandler antes de leer todo lo que después se vino? De la sofisticación un poco abstrusa de James Sallis. De la falta de sofisticación un poco abstrusa de Richard Ford, y de lo lindo que debe de ser tener un rancho en Montana. De un escritor que yo le decía a Gabriel le iba a gustar, y que pensaba hacer traducir para La Bestia, Avram Davidson, que se había convertido a Tenryky, algo más populoso que una secta de curadores/sanadores del siglo dieciocho en Japón.. De la pasión inextinguible de Gabriel por herejes y exorcistas. De la rara evolución del relato en el siglo veinte, que muy pocos en la narrativa argentina parecían haber advertido. De un proyecto llamado Nemrod (pondríamos puntos entre cada una de las letras para darle más autoridad), que a Gabriel se le había ocurrido después de intentar un día hacer que la mesa estuviera en el fondo de la pileta, sin la anuencia ni la asistencia de Arquímedes, y que, al cabo de ese o muchos días, pensábamos que estaba condenado a ser solo literario, habida cuenta de la pereza de ambos. De la conformidad que hubiera mostrado Lord Berners, escritor y músico británico de quien otro músico, Gavin Bryars, opinó que fue la pereza, en gran medida, la que había circunscripto con genio la perfección de su obra.

No sé si hablamos de todo eso ese día de verano o si reúno ahora los temas de los que hablamos las muchas veces que me invitó. Y al final de todo Gabriel me habló de Jitler. Dijo que me la iba a llevar a la editorial la primera vez que fuera a la capital.

Caer en la tentación de escribir sobre Jitler contando su argumento sería una traición. Jitler combina elementos de la investigación periodística, antropológica y tal vez de un estilo de novela que, a causa de su éxito en tiempos pretéritos ---esa década del setenta a menudo venerada por quienes no la vivieron ---, desconcierte y aturda: el best seller de buena factura (como lo fueron), por ejemplo, El exorcista, de Blatty, El día del chacal, de Forsyth y El reino de los réprobos, de Anthony Burgess. Gabriel nunca necesitó autorización para visitar el género que quisiera, y uno advierte en gran medida qué grado tan alto de profesionalismo y de fruición ponía en juego. Es difícil, en todo caso, encontrar en Jitler, algo que no resulte sorprendente o entretenido. Más allá de eso, otra manifestación de agudeza y percepción, de algo que antes hubiera constado como manifestación de entrenamiento extremo en el ejercicio de las habilidades, o un alarde de oficio, es el delicado equilibrio de ejecución, que distingue o discierne cada cosa, pero que no exagera ni subraya.

El tiempo había pasado, Gabriel me había traído Jitler, yo la había leído y estábamos hablando de la novela en la esquina de Humberto 1º y Perú. Ante un reparo de maestro ciruela acerca de no me acuerdo qué tema, Gabriel, sin impaciencia, dijo algo increíble y se lo atribuyó no sé a qué poeta del que me había estado hablando. Como se ve, el tiempo presente es el arte de borrarlo todo. Dijo: “El gerundio se está muriendo y nosotros seguimos creyendo por eso que el tiempo está hecho (de) pedazos”. Creo que era así. O así era lo que escribí en un papel de estraza (que creo era un mantel) donde lo escribí.

Después, no lo vi más.

Al cabo de no sé cuantos libros, es admirable ---y por momentos increíble--- la velocidad que adquirió en las novelas Gabriel Báñez. Me acuerdo ya que en una reedición de El circo nunca muere de Mil botellas, que contiene un cuento entrañable sobre la carretera y el amor, ‘Irina’, yo quería señalar esa rara característica de las velocidades que Gabriel maneja ---o por la que era manejado--, y que ese cuento logra establecer ---o mantener un rato---, así como una relación entre interior e intemperie, que “Irina” fabrica y destruye con un juego de cámara que aísla o aleja, un poco como el sonido en algunos films de Sergio Leone de los setenta.

Algunos de los temas y obsesiones de Gabriel quedan expuestos como nunca en Jitler: la ejecución de un plan narrativo que no pierde de vista el dibujo anterior de un plan en la realidad, anécdotas y pormenores que no permiten jamás la pérdida del interés, la vibración de las fantasías nacionales como guía en apariencia abstracta, pero que tienen una espesa concreción, gracias al éxodo de detalles que trasladan, como en Conrad, “el horror, el horror”. El fantasma de un idioma de los argentinos que se busca o se bucea en una paleografía de insinuaciones no feas sino de una belleza grotesca, obscenidades que componen lentamente los dibujos de Altamira en una especie de cámara de museo del horror contemporáneo. Y Jitler vivo entre nos, con la jota, el sonido de fricativa velar sorda de su consonante inicial, víctima por fin de una trasliteración feroz, en ejercicio de supervivencia maldita, mítica y metafísica.

Hasta la ribera del patio llegaba la biblioteca de Gabriel, como suele ocurrir con lectores indómitos de su laya. Ahí estaban a veces algunos suplementos del New York Times que le sugerían notas y otros trucos recursivos y gajes del oficio periodístico. Algunos solía guardarlos para regalármelos, en muy contadas ocasiones con el propósito de pedirme algo para el diario. En uno, había un poemita de A.E. Housman, ese terco solterón de un solo libro y poema célebre, Un muchacho de Shropshire (al que puso música Butterworth antes de morir en la batalla del Somme), que algunos acusan ---Cyril Connolly, entre otros--- de banal y otros de ser el gran maestro de la forma (dos hipótesis de calumnia por autor son mucho ya), y cuya obra breve, concisa e iterativa es un festival anticipado de minimalismo involuntario. Gabriel lo había subrayado. Lo traduzco ahora con incertidumbre, como algo que no sé si es un homenaje.

 

He visto caer a todas las estrellas,

pero cuando caen y mueren

ninguna de las que el cielo siembra

en realidad se pierde.

El truco de todo

no evita la primera falta:

llueve sobre el mar,

y aun el mar es sal.

 

Ese día, quedar mirándonos el patio sin ningún tipo de idea era una experiencia de naufragio, como si hubiéramos sido arrojados ahí precisamente por eso, por la falta de ideas sobre la incertidumbre de futuro.

Entre las abstracciones que se visten de amenaza (para disimular u ocultar las verdaderas), se hablaba de la extinción del libro convencional, reemplazado ya por tablets, ifrits o ligerísimas de hombros suficiencias tecnológicas. Gabriel miraba con amor un libro no propio (ajeno, quiero decir, que es inadecuado siempre para el coleccionismo). Lo abría y lo cerraba como si fuera un mecanismo adorable. Todavía existen quienes creen que los secretos y misterios contenidos en los libros no exige contacto real con los libros mismos, y se privan con celo extremo de abrirlos y tocarlos, de imaginar lo que se dice en ellos más allá del papel y la letra impresa, privándose del acto verdadero con que el amor da acceso al conocimiento. A ellos no está dedicado este prólogo.

Luis Chitarroni

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